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Adolescencia: Desvalimiento y subjetividad

Necesitamos entender los fenómenos psíquicos y las dimensiones subjetivas de los procesos sociales. La tarea concierne a diversas disciplinas. El psicoanálisis contemporáneo está en las fronteras. Fronteras clínicas y teóricas. El análisis de la influencia de los condicionamientos sociales sobre la historia individual permite deslindar los elementos de una historia propia y los que comparte con aquellos que están inmersos en similares contradicciones sociales, psicológicas, culturales y familiares.

Marx lo dijo así: “la esencia humana no es una abstracción inherente al individuo aislado, es en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales”. Se opuso al pensamiento idealista que presupone una naturaleza dada e inmutable, anterior a todo proceso cultural y social, y entiende la producción del hombre como determinación histórica. Lo que caracteriza la subjetividad no es que lleve en sí desde el origen la esencia humana, sino que la halla fuera de sí mismo, en las relaciones sociales.

El sujeto, en verdad, no tiene esencia. Es una combinatoria de constantes y cambiantes condiciones históricas con su patrimonio cultural específico. Sin embargo, no faltan psicoanalistas que hacen derivar lo humano de necesidades o instintos (postulados como primeras motivaciones psíquicas) que culmina en la naturalización y eternización de formas históricamente transitorias de existencia del psiquismo humano.

Los adolescentes transitan duelos para apropiarse de nuevas herramientas que les ayuden a tramitar las nuevas realidades, a procurarse sus objetos amorosos, involucrarse en nuevos espacios, apropiarse de otros modelos identificatorios. Multiplicidad de voces y espejos en los que cada uno construye su subjetividad.

De dos modos el adolescente obtiene el reconocimiento: por conformidad (ser como los demás) o por distinción (ser distinto y hacer que los demás valoren esa diferencia). Ser como los demás representa una garantía de aceptación social. Buscar el reconocimiento por distinción les sirve para afirmarse y construir su identidad.

El niño interioriza las imágenes y las propuestas que los otros tienen de él para construir a ese adulto que será. Pero una subjetividad no es una unidad sino una multiplicidad. Sus diversos aspectos son relativamente autónomos los unos respecto de los otros: el profesional, el familiar, el amoroso, el político. Pensar al sujeto como devenir es ubicarlo en la categoría del tiempo y de la historia.

¿Como logra el adolescente no ser demasiado vulnerable a los cambios corporales, a las diversas realidades que debe habitar y a las múltiples turbulencias? ¿Cuáles son los márgenes de maniobra ante el sufrimiento? Por un lado, la anestesia de los fármacos, del alcohol y las drogas, la calma ficticia de ciertas corrientes orientales y del “new age”. Por el otro, la estrategia de comprometerse con vínculos y proyectos individuales y colectivos.

Hoy “se usa” el compromiso light. Se propicia el desapego emocional evitando compromisos y la indiferencia afectiva lo protege de las decepciones. Esta huída ante el sentimiento genera dependencias: drogas diversas y otras adicciones. ¿Por qué un joven empieza a consumir droga? Porque la sociedad valoriza el vértigo y la excitación y porque los narcotraficantes tienen mucho poder. Porque no se anima a ser diferente. Porque sus ídolos consumen. Porque padece de un tedio insoportable. Porque los padres se atracan con ansiolíticos o antidepresivos.

La modernidad construía en acero y hormigón; la posmodernidad construye en plástico biodegradable. Un mundo construido con objetos duraderos fue reemplazado por productos descartables destinados a una obsolescencia inmediata. Algunos hemos vivido de los tiempos del modernismo, que podríamos llamar tiempos utópicos en que se creía en la “victoria final”. La vida parecía más simple, porque, como en un western, creíamos saber quiénes eran los malos. En la postmodernidad se rechazan las certidumbres de la tradición y la costumbre, que habían tenido en la modernidad un papel legitimante. Se han disuelto los marcos tradicionales de sentido. La estrategia posmoderna evita los compromisos de largo plazo: no atarse al lugar y controlar el futuro, sino negarse a hipotecarlo, amputando el presente en ambos extremos, cercenarlo de la historia, abolir el tiempo y convertirlo en un presente continuo. El tiempo ya no es un río, sino una serie de lagunas y estanques.

Frente al estallido de las normas tradicionales, el adolescente no cuenta con una guía univoca. Este “politeismo de los valores”, esta ausencia de brújulas éticas le exige ser exitoso en diversos registros: físico, estético, sexual, psicológico, profesional, social, etc.

La clínica del adolescente ha oscilado entre enfatizar sufrimientos, violencias, duelos y una idealización como tiempo pleno de vida. Su padecer se manifiesta como oscilaciones de la autoestima y de la identidad; desesperanza; inhibiciones diversas; apatía; trastornos del apetito; ausencia de proyectos; identidades borrosas; impulsiones; adicciones y labilidad en los vínculos, auto y heterodestructividad.

Los adolescentes sienten incertidumbre sobre sus logros y vínculos. Idealistas, transgresores, irreverentes, estimulantes, en busca de consolidar la identidad confrontan con otras generaciones y reformulan sus códigos. Inmaduros, irresponsables, cambiantes, juguetones, reivindicadores, en última instancia practicantes deseosos de lograr cierta estabilidad, aunque muchas bordean el colapso, la mayoría logrará sortear este tránsito complejizando su subjetividad.

El desvalimiento adolescente puede proceder de defectos estructurales y/o ocasionales. Estructurales: fisuras en la historia afectiva e identificatoria. Ocasionales, por duelos, traumas actuales, falta de referentes e ideales.

La sexualidad adolescente ha dejado de ser ese ámbito privado, íntimo, ligado al amor, al deseo por otro y no por cualquier otro. La relación amorosa se cristaliza en el “sexo express”. Estas conductas sexuales que se ofrecen como sinónimo de libertad, de igualdad de géneros o de diferencia generacional, en nuestros consultorios las vemos como confusión, angustia, aburrimiento y un sentimiento de soledad en compañía, envuelta por los oropeles del ruido, del alcohol, de la droga, de la violencia que lleva (no pocas veces) a una puesta en riesgo de la vida.

Estos jóvenes ya no habitan el mismo espacio, no se comunican de la misma manera, no perciben el mismo mundo. Estos cambios repercuten en la sociedad en su conjunto, en la educación, el trabajo, las empresas, la salud, el derecho y la política. Lo colectivo deja lugar a lo conectivo. Es necesario trascender los marcos caducos que siguen formateando nuestras conductas. Nuestras instituciones relucen con un brillo semejante al de las constelaciones que, según nos enseñan los astrónomos, ya están muertas desde hace un largo tiempo.

Los adolescentes se rebelan y confrontan a los padres, a los educadores, a la sociedad. A los padres, que no sólo sufren esa descalificación de los hijos que buscan diferenciarse sino, también, por sus propias inseguridades insisten en sostener una ilusoria omnipotencia que no hace mas que desacreditarlos ante la mirada de los hijos. A los educadores, que lidian con la irreverencia, las transgresiones, los padeceres, pero también con esa vitalidad estimulante que transmiten los adolescentes, y cuya tarea es posibilitarles el despliegue de la creatividad. En síntesis: una época vulnerable por esa mezcla de omnipotencia y desvalimiento. Los padres, educadores y la sociedad deben en su conjunto acompañarlos en ese proceso de encontrar cada uno su devenir.

Vía Psyencia
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